Francina Redorta
Se la conoce por su juicio y tortura por brujería, uno de los más documentados y el único ilustrado que ha llegado hasta la actualidad en Cataluña.

Era 1616. Francina tenía unos 45 años y vivía sola en Menarguéns desde que enviudó. Se dedicaba al curanderismo y vagaba solitaria por las calles y acequias del pueblo. Una conducta que no pasaba desapercibida para sus vecinos, pero la llamaban cuando alguien enfermaba.

Con los años, sus rutinas generaron muchos rumores, alejándola de la figura de herbolaria para tacharla de bruja. En la panadería se decía que los gallos no cantaban cuando pasaba por allí. Por este motivo, los vecinos no salían de casa hasta el primer cantar de uno de ellos.
También comenzó a ser tachada de metzinera (Envenedadora). En una ocasión, algunos vecinos pudieron ver como se le caía un sapo de un cubo de agua al volver de la acequia, alegando que lo llevaba a su casa para extraer el veneno que portan estos anfibios en su interior.

Las acusaciones acabaron dando otro paso: El envenenamiento de niños pequeños. Una vecina declaró que Francina se presentó en su casa y le pidió aceite, yendo a la cocina y dejándola sola con su bebé de pocos meses. A los dos días, el pequeño no quería mamar y enfermó.
También envenenó supuestamente a un niño en el campo. Francina le ofreció una fruta y, ante los primeros bocados, un intenso dolor de estómago se apoderó de él, revolcándose por el suelo. Con una solución de agua y aceite devolvió lo que había comido, evitando un mal mayor.

También había el rumor de la muerte de la criatura del Funcionario Real, siendo éste el caso que abre el proceso de sentencia contra Francina por “bruja y envenenadora”, el 3 de octubre de 1616. Se conserva en el Archivo del Monasterio de Poblet (Doc. 19, armario II, cajón 9).

Francina fue acusada por un Descubridor de Brujas, al fregarle la espalda con agua bendita y encontrarle una supuesta marca en forma de pata de gallo que le había puesto el Diablo al formar parte de su séquito, cuando no era más que una simple mancha de nacimiento.

En su primera declaración dijo que sus vecinos eran “personas honradas de bien”, y que acudían en su ayuda cuando alguien enfermaba por su condición de curandera, negando que los envenenara o quisiera causarles mal alguno. Pero no la creyeron y comenzaron con la tortura.
Primero fue atada a un banco y se le dislocaron los brazos. Posteriormente, atada y suspendida del techo por las manos, a lo que Francina seguía manteniéndose firme en su confesión. Como no era suficiente, los verdugos le ataron a los pies una piedra de “dos arrobas” (25 kg.)
Francina “confesó” que envenenó a algunos de los hijos de sus vecinos con la intención de curarlos más tarde, y que mató a dos animales alterando su agua para comprobar la eficacia de los venenos en los que había estado trabajando.

Joan Morà, el escribano del proceso, dejó constancia (No sabemos si de manera cínica) que la acusada “ha hecho confesión voluntaria, fuera de la tortura establecida y finalmente firmada”. Una vez obtenida la ansiada confesión, fue acusada de brujería, envenenamiento y asesinato.
Fue condenada a la horca, ahorcada del cuello “hasta que su Alma esté separada de su cuerpo”, el 22 de octubre de 1616. En el documento original sobre su sentencia, se aprecia un tosco dibujo de una mujer, desnuda de cintura para arriba y ahorcada con una soga rodeando su cuello.

A falta de un exhaustivo estudio sobre el tema, los expertos cifran en unas cuatrocientas las personas que fueron ejecutadas entre 1616 y 1622 en Cataluña acusadas de brujería, con dudosos procesos tribunales. Para más información:
